August 16, 2026
No contestes
No contestes
Hay una pregunta que me acompaña hace meses. Aparece mientras estoy en la ducha, o caminando por una ciudad que todavía no siento del todo mía, y se instala sin avisar: ¿qué estoy dispuesta a perder?
No en abstracto. Un país. Una forma de vida. La fotógrafa que se va a la naturaleza a encontrarse con la belleza, y los encargos que la llevan a lugares donde nunca hubiera ido y a conocer personas que de otro modo no habría encontrado. La coach que siente el privilegio de acompañar a alguien mientras explora su mundo interno. Ahora paso parte del año en Alemania y desde ahí ya no puedo sostener la vida tal como era. Algo tiene que irse. No sé qué.
Podría contestarla mañana. Elegir qué se queda, tachar el resto, construir una respuesta prolija y quedarme tranquila. La mente ofrece eso todo el tiempo: un plan, una definición, algo firme de qué agarrarse. Y sin embargo cada vez tengo más claro que apurarse a responder es, casi siempre, una manera de no habitar la pregunta, de escaparle.
Me di cuenta de que no todas las preguntas que me hago son preguntas de verdad. Hay algunas que tienen forma de pregunta, pero energía de juicio. “¿Por qué me pasa esto a mí?” parece una pregunta, pero en el fondo es una queja disfrazada, un juicio buscando culpable. “¿Qué estoy evitando sentir cuando no acepto las cosas así como están?” abre otra cosa: espacio, curiosidad, la posibilidad de descubrir algo que no estoy viendo. Las preguntas cerradas quieren un sí o un no, quieren confirmar lo que ya creías.
Una pregunta de verdad se siente en el cuerpo. Cuando una me toca en serio, cambia algo físico: a veces se me cierra la garganta, o se me aprieta el pecho, otras veces aparece una expansión, un alivio, algo que estaba agarrado y se suelta. Ese movimiento en el cuerpo es la señal de que entré en una pregunta viva.
Las preguntas que se habitan no están para producir respuestas. Su objetivo es llevar nuestra atención a un nuevo lugar. Y cuando la atención cambia, la vida cambia con ella. No porque hayamos encontrado una solución, sino porque empezamos a mirar con otros ojos. Hoy en tu vida, puede haber una pregunta rondándote. Una que no sabés responder, y que capaz venís esquivando hace rato. No la contestes. Solo dejala aparecer y mirá qué hace tu cuerpo cuando la sostenés sin resolverla. ¿Se tensa algo? ¿Se afloja? ¿Aparecen ganas de correr hacia cualquier respuesta con tal de sacarte la incomodidad de encima?
Esa incomodidad es el punto. No hablo de la que se aguanta con los dientes apretados hasta que pase, sino de la que elegís habitar. Porque habitar no es esperar. Se siente en el cuerpo: cuando postergás una pregunta, hay tensión y evitación. Cuando la habitás, hay incomodidad pero también presencia. Es como revelar una fotografía en un cuarto oscuro: si prendemos la luz antes de tiempo, la imagen no aparece más rápido, se arruina. Quedarse es preparar el químico, ajustar la temperatura, mirar.
Vivimos un tiempo que empuja para el otro lado. Cualquier respuesta está a un clic; la tecnología te contesta al instante, segura, sin titubear. Nunca fue tan fácil tener respuestas ni tan raro sostener preguntas. Quizás por eso quedarse, no cerrar, es casi un gesto de rebeldía. Lo que escasea ya no son las respuestas. Son las personas dispuestas a no tenerlas todavía.
Mi pregunta me da miedo. Ya cambié radicalmente una vez, cuando dejé la ingeniería por la fotografía, así que sé que se puede. Y aun así se siente como pararme al borde de un abismo. Cada vez que te movés, algo queda atrás: una forma de vida, las versiones de vos que dejaron de ser posibles. ¿Qué va a emerger de mí? ¿Y si sigo mi pasión y fracaso? Ese miedo estuvo siempre. Lo nuevo es que ya no necesito que se vaya para dar el paso. Aprendí a preguntarme qué necesita en lugar de pedirle que se vaya, y eso hace toda la diferencia.
Cada vez que elijo quedarme en la pregunta en lugar de cerrarla, gano algo que ninguna respuesta apurada me dio nunca: contacto. Conmigo, con los demás, con la vida que está pasando de verdad, no con la que tenía planeada. Desde que dejé de cerrar mis preguntas, cambiaron mis conversaciones. Siento que las personas con las que hablo se abren más, como si mi permiso de no saber les diera permiso también a ellas.
Hace más de cien años, Rilke le escribió a un poeta joven que viviera las preguntas. No le dijo que las resolviera, ni que las aguantara. Que las viviera. Yo tardé años en entender qué quería decir. Ahora creo que quería decir esto: quedáte. Dejá que la pregunta te transforme antes de convertirse en respuesta.
Miro cada versión de mí como quien mira objetos desplegados en una mesa antes de un viaje. La fotógrafa. La coach. La que vive entre dos países. Sé que no entran todas en la valija. Y no logro distinguir, todavía, cuál es la que no puedo dejar ir de la que simplemente tengo miedo de soltar. Todavía no sé qué estoy dispuesta a perder. Y por primera vez tampoco tengo tanto apuro en saberlo.
Tu pregunta ya está ahí. No la contestes.