August 16, 2026
Me sentí vista por dos búhos
Tiempo aproximado de escucha o de lectura: 5 minutos
[VIDEO DE LOS BÚHOS]
Dos búhos aparecieron en el jardín. No los fui a buscar. Estaban ahí, y me sentí vista.
Con la mayoría de los pájaros no me pasa: tienen los ojos a los lados de la cabeza y me cuesta encontrar el contacto. Nunca sé bien si me están mirando. Los búhos tienen los ojos al frente, como nosotros. Y ahí sí tengo esa sensación de ida y vuelta, de que realmente nos estamos mirando.
Me quedé filmándolos un rato. Lo que más me llamó la atención fue la cabeza. La giran muchísimo, la balancean, la corren unos centímetros, vuelven, la giran de nuevo.
Después me pasé una mañana leyendo sobre búhos, que es lo que hago cuando algo me impresiona y siento que tengo que llegar al fondo del asunto. Resulta que los ojos de los búhos no son esferas. Son como tubos, y están fijos en el cráneo. No los pueden mover. Todo lo que en nosotros hace el ojo, en ellos lo hace el cuello: pueden girar la cabeza hasta 270 grados.
Y después está el resto, que es lo que más admiro. La cara de los búhos funciona como una oreja. Ese disco de plumas rígidas junta el sonido y lo lleva a los oídos, y pueden cambiarle la forma según lo que quieran escuchar. Los oídos los tienen a distinta altura, uno más arriba que el otro, y por eso pueden ubicar a una presa en oscuridad total sin verla nunca.
Y lo que tienen muy cerca de la cara, a centímetros del pico, no lo pueden enfocar. Entonces lo conocen de otra manera: con unas cerdas finitas que les rodean el pico, como bigotes, que les dicen qué hay ahí adelante. Lo que está cerca no lo miran: lo tocan.
El búho no tiene un órgano de la visión. Tiene un animal entero dedicado a percibir.
Y ahí entendí de dónde venía la sensación del principio. Me sentí vista porque para mirarme tuvieron que girar. Cada vez que un búho cambia de dirección la mirada, le cuesta un movimiento del cuerpo. No hay manera de que te mire distraído.
A nosotros mirar casi no nos cuesta nada. Movemos los ojos y ya está. El resto puede quedarse quieto. Y de repente me pregunté qué hicimos con esa libertad.
Cuando trabajo en la computadora voy con la intención de mantenerme erguida. Muchas veces lo logro. Y a veces, cuando algo me resulta especialmente interesante, me encuentro inclinada sobre la pantalla, con la cabeza adelantada, sin saber en qué momento llegué ahí.
Lo veo todo el tiempo en la calle. Alguien sube al ómnibus y sostiene el celular a la altura del ombligo, los dos pulgares sobre la pantalla, la cabeza colgando como si no tuviera dueño. El teléfono se puede levantar: pesa poco, y para eso tenemos brazos. Y sin embargo casi nunca lo subimos. Llevamos los ojos a la pantalla, y detrás de los ojos va el cuello, y detrás del cuello va todo lo demás. Después nos duele.
Pero me interesa menos el dolor y más cómo es que dejamos de notar que estamos haciendo todo eso.
Porque esto no pasa sólo cuando miramos. Peter Nobes, que enseña Técnica Alexander en Londres, dice que tenemos un modo para cada cosa que hacemos: un modo de escuchar, un modo de pensar, un modo de concentrarnos. Y muchas veces confundimos ese modo con la actividad misma.
Los aprendimos muy temprano. En la escuela, por ejemplo, cuando la maestra nos pedía que demostráramos con alguna expresión de la cara que estábamos prestando atención. Entonces aprendíamos la cara. Pero la cara le sirve al otro. A mí no necesariamente me ayuda a prestar atención.
Y quizás esto pasa porque solemos imaginar que hay dos cosas separadas: una mente que hace la actividad y un cuerpo que la acompaña.
Pero no funciona así.
No existe mirar solo con los ojos. Cuando creo que estoy usando nada más que los ojos, en realidad estoy poniendo el cuerpo entero en una forma, en una determinada organización. Y esa forma también es parte de cómo miro, cómo pienso, cómo siento y cómo percibo. No hay una mente por un lado y un cuerpo por el otro: hay un organismo entero en actividad. La manera en que pienso ya está ocurriendo en mi organización. La manera en que atiendo también.
Por eso podemos estar completamente concentrados en algo y, al mismo tiempo, haber dejado de percibirnos. Podemos leer durante veinte minutos sin notar que dejamos de respirar con libertad. Podemos escuchar a alguien y no sentir que estamos tensando la panza. Podemos mirar una pantalla hasta que todo nuestro organismo termine organizado alrededor de unos pocos centímetros de vidrio.
Nos volvemos muy buenos para hacer una cosa mientras dejamos fuera de la atención todo lo que está haciendo posible esa cosa. Quizás eso es parte del precio de nuestra libertad.
El búho no puede elegir mirar sin mover el cuello. Para él, percibir y organizarse son inseparables. Nosotros sí podemos. Podemos mover solamente los ojos, atender a una cosa y excluir casi todo lo demás. Podemos sentir que la atención ocurre en la cabeza.
Y entonces hay una pregunta más interesante que cómo hago para estar erguida: ¿Puedo prestar atención a lo que estoy haciendo sin dejar de percibir cómo estoy mientras lo hago?
Eso es parte de lo que exploro en la Técnica Alexander, que tiene el nombre menos seductor de todas las disciplinas y aun así me tiene cautivada hace años. No se trata de corregir el cuello cuando se me va para adelante, ni de obligarnos a mantener una postura correcta. Se trata de empezar a notar. Y, cuando aparece el impulso habitual, descubrir que no necesariamente tenemos que obedecerlo. Eso es la inhibición: poder no hacer inmediatamente lo que siempre hacemos.
Los dos miramos con el cuerpo entero, el búho y yo. La diferencia es que él no puede olvidarlo. Yo sí.
Los búhos se quedaron un rato más y después se fueron.
La próxima vez que estés mirando una pantalla, escuchando a alguien o intentando resolver algo, probá no corregir nada. Seguí haciendo lo que estabas haciendo. Y fijate si podés notar que mientras prestás atención a eso, también estás haciendo algo con el resto de vos.
Quizás te sorprenda descubrir algo que venías haciendo sin darte cuenta.